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Ecuador : Un testimonio que despierta la Solidaridad

El Encuentro con el que sufre, provoca, te desintala

Desde su presencia y experiencia en Portoviejo capital de la provincia de Manabí, lugar muy afectada por el terremoto del 16 de abril, con 120 fallecidos y miles de heridos. La zona central de esta ciudad, antes próspera y llena de comercio, quedó prácticamente en el suelo.

Al disponer de tiempo libre en agosto, dado que hasta el 22 no comenzamos las tutoras a tener la Formación pedagógica, por parte de la Fundación, hablé con Cecilia, y con la responsable de la Conferencia de Religiosos para ofrecerme de nuevo a colaborar en Muisne si lo veía oportuno, me respondió que en Portoviejo faltaban personas, que por motivos diversos no podían acudir. Le dije que sí y me dio el contacto con el Hermano Capuchino que es el encargado de acoger y destinar los voluntarios.

En Portoviejo la mayoría de las construcciones del corazón financiero y comercial de colapsaron. En la misma zona, hay edificios totalmente derrumbados: de bancos, de entidades gubernamentales como el Consejo Nacional de Telecomunicaciones e incluso en el Instituto de Seguridad Social que abarcaba una manzana.

Llegué a Portoviejo el 9 de agosto al albergue Padre Matías Mújica, que acoge a las familias de los enfermos de cáncer en el hospital SOLCA. Me recibió el hno. Jorge capuchino y los voluntarios que se alojaban en una parte del albergue: Rosita, religiosa franciscana, Cecilia misionera seglar, Natalia una joven argentina y Oscar, novicio de la Sgda. Familia, que ya conocí en Quito en una formación en la Conferencia de Religiosos.

Después de dejar el equipaje, fuimos a la Misa al aire libre, porque el templo estaba muy deteriorado y en reconstrucción. El párroco, Eugenio Jaúregui, de Burlada me invitó a presentarme y añadió que en las Ursulinas de Aoiz estudiaron sus hermanas.

De vuelta al albergue, cenamos y a dormir pues al día siguiente íbamos tempranito a Bahía de Caraquez, para quedarnos dos días en las diferentes comunidades. Antes de salir llenamos la camioneta de las bolsas con víveres y ropa para entregar a las familias, junto a las mochilas para la breve estancia.

Visitamos todos a 13 familias en una colina llamada el Mirador, alojadas en carpas, distribuimos las bolsas, conversamos con las mamás, pues los varones estaban en Bahía trabajando, y jugamos con los niños.

Subimos a la camioneta y nos dice el hermano. que nos quedábamos, Cecilia y yo, hasta el día 20, día de regreso a Quito, en una población alejada llamada Km 16. Le dijimos que no habíamos traído más que lo imprescindible para dos días y que nos lo tenía que traer de una forma u otra.

Nos acogieron dos mujeres mayores, Azucena, catequista y Yolanda que nos recibió en su casa, muy contentas de tener a dos misioneras, porque desde el terremoto no había aparecido nadie de Iglesia ni del gobierno. Únicamente unos técnicos para revisar el estado de las viviendas para catalogarlas para demolición o reconstrucción… y sin dar más señales después de los 4 meses transcurridos. Fuimos visitando a las diferentes familias por las mañanas, acompañadas por Azucena y por las tardes juegos y dinámicas con los niños en la cancha.

El desayuno y cena en la casa de Yolanda y el almuerzo en diferentes casas que se habían ofrecido voluntariamente, a las cuales les repartimos las bolsas que llevamos.

Convocamos a celebraciones de la Palabra en la capilla, con buena y emotiva participación, que fueron estrechando lazos entre nosotras y ellos, al compartir sus tristezas, sus duelos y su confianza en el Dios de la vida para poder salir adelante. Visitamos enfermos y asistimos a un velorio.

Nos quedamos con la sensación de impotencia ante esta dura realidad que viven y muy agradecidas por el todos los detalles con que nos obsequiaron, esmerándose en las comidas con lo poco que tenían y sobre todo con el afecto que nos demostraron. Qué gran verdad es que recibimos mucho más de lo poco que pudimos dar y darnos.

Pensamos ir a hablar a la Conferencia de Religiosos de lo vivido en estas comunidades tan abandonadas para ver si se puede hacer algún proyecto de desarrollo productivo, a medio plazo, que les permita salir de la miseria.

Mi regreso a la Bota fue como aterrizar en un barrio privilegiado, donde las familias disponen de los servicios básicos de vivienda, agua, luz, teléfono., transporte barato y educación para sus hijos.

Estas experiencias me han servido para comprobar que siempre, detrás de los que creemos los últimos, hay una fila larga de personas que se hacen invisibles o mejor les hacemos invisibles para poder dormir tranquilos.