
Comienza el largo invierno canadiense. Los árboles repliegan su energía. Las hojas pierden clorofila y caen. Cuánta sabiduría muestra el árbol en esta cadencia invernal. Durante todo el invierno el árbol estará concentrado en resistir (los fuertes vientos, las temperaturas bajo cero, la nieve, el hielo…). Pero la vida, en todo su potencial, anida en su interior esperando el momento oportuno para desplegar su plenitud. Sin la sabiduría de saber vivir el invierno, no florecería en primavera.
Cada una en nuestra vida pasamos por las distintas estaciones según nuestros momentos vitales. En los procesos colectivos, estos momentos vitales adquieren una dimensión intergeneracional. La causa de las mujeres en la Iglesia puede ser un buen ejemplo.
Con Jesús, hombre libre que se relacionó con las personas sin prejuicios, saliendo deliberadamente del marco social establecido (lo “políticamente correcto”), las mujeres que se encontraron con él florecieron. Fueron reconocidas, valoradas, pudieron desplegar sus talentos, su capacidad innata de cuidado … pudieron ser ellas mismas y ser apreciadas por ello. En los tiempos de las primeras comunidades cristianas, las mujeres jugaron un papel protagónico con liderazgos reconocidos que trascendieron (ejemplo Febe diaconisa, Rm 16, 1-2).
Con el paso del tiempo, el machismo, en el que Jesús abrió una brecha irreparable, volvió a imponerse y las mujeres fueron recluidas al largo invierno de la historia : siglos y siglos de silenciamiento, de sometimiento.
A todo lo largo de las centurias, mujeres en todos los ámbitos, en lo privado y en lo público, han arriesgado su inclusión/exclusión social empujando la causa de la liberación de las mujeres. Todas ellas, creyentes y no creyentes, han avanzado pensamiento para nosotras y han alimentado nuestro valor.
Hoy, en la Iglesia católica, el Papa Francisco ha permitido que la primavera comience a florecer para nosotras. Hay tantos siglos de invierno que remontar, que todos los pasos parecen pocos. Pero quizá, como hizo Jesús en su tiempo, en este momento de la historia, Francisco ha abierto una brecha a nuestro favor que ya nadie podrá pretender restañar.
Y las mujeres estamos aquí, siendo productivas, con nuestro ser cuidador y generador de vida de siempre, y avanzando reflexión. Y ese pensamiento feminista cristiano, construido colectivamente, no es liberador solo para nosotras, sino que aporta a una humanización más plena para todos y todas, invitando a una fidelidad al evangelio renovada.
Con Jesús, hombre libre que se relacionó con las personas sin prejuicios, saliendo deliberadamente del marco social establecido (lo “políticamente correcto”), las mujeres que se encontraron con él florecieron. Fueron reconocidas, valoradas, pudieron desplegar sus talentos, su capacidad innata de cuidado … pudieron ser ellas mismas y ser apreciadas por ello. En los tiempos de las primeras comunidades cristianas, las mujeres jugaron un papel protagónico con liderazgos reconocidos que trascendieron (ejemplo Febe diaconisa, Rm 16, 1-2).
Con el paso del tiempo, el machismo, en el que Jesús abrió una brecha irreparable, volvió a imponerse y las mujeres fueron recluidas al largo invierno de la historia : siglos y siglos de silenciamiento, de sometimiento.
A todo lo largo de las centurias, mujeres en todos los ámbitos, en lo privado y en lo público, han arriesgado su inclusión/exclusión social empujando la causa de la liberación de las mujeres. Todas ellas, creyentes y no creyentes, han avanzado pensamiento para nosotras y han alimentado nuestro valor.
Hoy, en la Iglesia católica, el Papa Francisco ha permitido que la primavera comience a florecer para nosotras. Hay tantos siglos de invierno que remontar, que todos los pasos parecen pocos. Pero quizá, como hizo Jesús en su tiempo, en este momento de la historia, Francisco ha abierto una brecha a nuestro favor que ya nadie podrá pretender restañar.
Y las mujeres estamos aquí, siendo productivas, con nuestro ser cuidador y generador de vida de siempre, y avanzando reflexión. Y ese pensamiento feminista cristiano, construido colectivamente, no es liberador solo para nosotras, sino que aporta a una humanización más plena para todos y todas, invitando a una fidelidad al evangelio renovada.

Es verdad que el discurso sobre nosotras del Papa se nos queda corto. Elijo considerar las carencias como un estímulo para avanzar en la propia reflexión. Pero no podemos dejar de reconocer y agradecer que ha abierto puertas oxigenantes y con olor a evangelio para nosotras.
Como el mismo Papa ha dicho a los movimientos populares, “no esperéis nada de los de arriba ; construid desde abajo, desde vosotros mismos”. Creo que para la temática que nos ocupa, el rol de las mujeres en la Iglesia, aplica el mismo principio : el reto y la posibilidad es construir desde nosotras mismas, desde abajo, desde nuestro estar haciendo ya. Dentro de la Iglesia institución, estamos en los márgenes. Como afirma la teóloga María Cristina Inoguez Sanz, justo eso nos iguala con Jesús : él nunca estuvo en el centro, su hacer fue desde los márgenes, desde el lugar de los excluidos. Pareciera que los márgenes, institucionales o existenciales, son lugar oportuno para el Reino, lugar donde éste acontece performativamente.
Al final, la causa de las mujeres es la causa de Jesús. Él es el mejor ejemplo por cómo supo relacionarse con las mujeres sin prejuicios, en limpieza y con valoración. Su encarnación histórica nos evidencia que el conocimiento de Dios viene mediado por la práctica de la justicia. Él incluyó a mujeres en su grupo cercano de seguidores, lo que no fue bien visto por “los políticamente correctos” del momento. La conflictividad rodeó la vida de Jesús, pero en los evangelios no aparece que haya tenido ningún conflicto con las mujeres.
Hoy en día, la causa de las mujeres es piedra de toque en la Iglesia. Todo da a entender que esa demanda de igualdad por parte de las mujeres está en sintonía con el evangelio. El Papa Francisco así lo sugiere. Que acertemos todos, varones y mujeres, a dar los necesarios pasos con valentía, humildad y sin pausa. El invierno anuncia primavera.